Al intentar hablar del pensamiento litúrgico de nuestra Madre Teresa de la Cruz, nos encontramos con un vasto campo, en el cuál nos invita a vivir la liturgia de la Iglesia, a ser Liturgias vivientes que, desde el misterio de la Cruz redimen al mundo entero, ella intuye, comprende y explica a través de decisiones y hechos de vida lo que años más tarde, el Vaticano II afirmara: “La Liturgia es la fuente y culmen de la vida de la Iglesia”.
Nuestra Madre instituye la Obra y la coloca al servicio de la Iglesia con una dimensión espiritual esencialmente litúrgica, es gracias a la presencia de los Padres Canónigos Regulares de la Inmaculada Concepción que, desde los inicios de la Obra guiaron a nuestra Madre Teresa de la Cruz por el camino profundo de la Liturgia bien vivida y celebrada como camino de santidad y fortaleza en la misión de ser catequistas; ya desde los primeros tiempos de experiencia de la vida religiosa, nuestra Madre tiene la siguiente intuición: “El Instituto adopta el Oficio Divino y la oración Litúrgica, oración oficial de la Santa Iglesia esposa de Jesucristo, de preferencia a las practicas de simple asociación, la piedad individual de sus miembros se inspirará en las enseñanzas de la sagrada Liturgia, en el espíritu de oblación por la Santa Iglesia, su jefe y sus pastores, y en un culto especial al Sacramento de la Eucaristía” (Constituciones de 1925).
La primera manifestación con la que nuestra Madre Teresa hace presente el carisma recibido en Alassio es la Catequesis, que de una forma totalmente providencial llega a través del Padre Hengbart, sacerdote, no sin antes habérsele ocurrido esta idea a nuestra Madre, estando aun en Europa y meditando sobre su labor en la Iglesia peruana, para darle vigor y hacer de la Parroquia el foco de la vida de la Iglesia.
Lo interesante es, que la Catequesis, poco a poco empieza ser parte esencial de la obra que Teresa iba a fundar, sin separarla de la experiencia de la Cruz, la Catequesis es, para Teresa y nuestras hermanas, el medio por el cual se da a conocer el misterio de Amor más grande que existe y que sella la alianza entre Dios – Padre y la humanidad -. Hijo.
Ya, en el año 1914 Teresa lo escribe al sacerdote y futuro cardenal de la Iglesia: Pietro Gasparri, quién ese convierte en un gran colaborados de la obra de Teresa, en cuanto que la apoya aun cuando poquísima gente apostaba por la nueva fundación.
Poco a poco y a lo largo de los años 1914 – 1920, Teresa va entendiendo la importancia capital de la Catequesis y como ésta va unida a la ayuda al clero parroquial en los catecismos, preparando a la primera comunión, patronatos, etc.
Como consta en las crónicas de la Hermandad de la Cruz del año 1914, todas las hermanitas colaboraban en los trabajos de la Catequesis, que en ese tiempo se realizaban en Lima, ya sea como catequistas, como organizadores de la Catequesis, visitando enfermos o participando de las Obras de la Propagación de la fe, las diferentes “hermanitas” iban asumiendo, mientras se preparaban para la fundación, la práctica de lo que iba a ser después la acción pastoral propia de la Congregación, siempre viviendo “Los signos de los tiempos” como manifestación de la novedad que el misterio de la Cruz propone a Teresa y que ella, como cabeza del grupo trasmite a las “hermanitas”.
Hay un pensamiento base que Teresa y nuestras primeras hermanas van entendiendo la importancia de saber abarcar todos los ámbitos de catequesis: «La experiencia había enseñado que lo que los niños aprenden en los catecismos y aún en los colegios, lo pierden en sus hogares con demasiada frecuencia.»
Pensó pues Madre Teresa al comenzar las obras apostólicas que sería muy grato a Nuestro Señor y muy útil, la de reunir a esas pobres mujeres, madres de familia para hablarles de Dios, de su destino eterno y de sus deberes de cristianas, dando lugar al inicio de las Conferencias de los jueves y los catecismos de los domingos, llamada también “la obra del hogar”.
Esta es la esencia dela Catequesis, dar la vida de Jesucristo como modelo de vida al niño, al joven y al adulto que necesitan conocer a Dios y al misterio tan grande por el cual nuestra fe se acrecienta y se hace testimonio del único amor que no muere, el de Cristo en la Cruz.