Otra dimensión muy especial de nuestro Carisma es la Liturgia.
Al intentar hablar del pensamiento litúrgico de nuestra Madre Teresa de la Cruz, debemos expresar con claridad que ella no escribe tratados sistemáticos sobre la Liturgia, ni hace estudios profundos sobre la oración de la Iglesia, sin embargo, intuye, comprende y explica a través de decisiones y hechos de vida lo que años más tarde, el Vaticano II afirmará: “La Liturgia es la fuente y el culmen de la vida de la Iglesia”.
Nuestra Madre instituye la Obra y la coloca al servicio de la Iglesia con una dimensión espiritual esencialmente litúrgica, ciertamente heredada de los Padres Canponigos Regulares de la Inmaculada Concepción, quienes en la persona del Padre Cipriano Casimir, guiaron a nuestra madre y a las primeras hermanas en lo concerniente a la vida religiosa, otorgándoles providencialmente el hermoso regalo de la Liturgia, entendida como la celebración del mismo misterio de la Cruz que, reuniéndonos en Comunidad, nos insta a cantar las alabanzas de la iglesia.
Felizmente cuando vino el P. Casimir y fue nombrado Director, nos dio el Oficio Divino. (Cfr. Itinerario, p. 52 – 53; Flores del Calvario, I, p. 186)
Es gracias a los Canónigos Regulares de la Inmaculada Concepción que nuestra Madre pide el Oficio Divino, que era lo que garantizaría el ideal primigenio, el de ser contemplativas, gracias al Oficio Divino y activas, gracias al Apostolado.
También es de tener en cuenta que el Padre Casimir fue un gran impulsor del espíritu litúrgico en nuestra Madre, desde sus clases de liturgia, la forma en cómo tomó los Ceremoniales de Toma de Hábito, de Profesión temporal y Profesión Perpetua, según el rito de las Canonesas Regulares, pero con los cambios propios de la época y circunstancia, pero siempre uniéndonos a la rica tradición que en la Iglesia tiene el Rito de Consagración de Vírgenes.
En las Constituciones de 1925, tenemos lo siguiente:
El Instituto adopta el Oficio Divino y la oración Litúrgica, oración oficial de la Santa Iglesia esposa de Jesucristo, de preferencia a las prácticas de simple asociación, la piedad individual de sus miembros se inspirará en las enseñanzas de la Sagrada Liturgia, en el espíritu de oblación por la Santa Iglesia, su jefe y sus pastores, y en un culto especial al Sacramento de la Eucaristía. Su casa será lugar de silencio y de oración, las obras apostólicas en que trabajan fuera no serán nunca motivo para que cese en ella el oficio divino que desempeñarán en espíritu de unión con el sacerdocio católico. (Cfr. Constituciones, año 1925, art. 7)
Las clases del Padre Casimir sirvieron a nuestra Madre para sus clases en la Universidad Católica y para desarrollar el pequeño libro: “La Ciudadela de Dios”.
En el año 1935, nuestra Madre realiza un curso para la Acción Católica, en carta del 18 de marzo de 1935, Nuestra Madre comenta al Padre Casimir: «Las clases de pedagogía catequística: Ya fueron a pedirla oficialmente la Presidenta y Secretaria de la Acción Católica y comenzarán probablemente en mayo. Qué responsabilidad para mí. Ya hablé con el P. Cotte y le voy a consultar mis pequeños planes. El caso es que no se trata solo de instruir, sino de formar casi totalmente a muchas de esas niñas que comienzan por no saber vestirse cristianamente. Pienso que no solo es asunto de estudios para mí, sino de oración y penitencia». (Carta de nuestra Madre al Padre Casimir, 18 de marzo de 1935)
En la siguiente carta sigue narrando nuestra Madre: «Hemos tenido el gusto de recibir casi juntas sus cartas del 16 y 27 de marzo y el libro que tiene la bondad de enviarme para ayudarme a preparar la clase de las jóvenes de la Acción Católica. Se lo agradezco muchísimo por su paternal solicitud y por la oportunidad del obsequio. Justamente acababa de trazar mi plan del curso, que debe durar dos trimestres, y entra en él como parte principal la liturgia como sistema de enseñanza. Por cierto, que las lecciones que recibimos de Va. Rcia., desde Villacampa hasta el Prado, forman un pequeño caudal que he conservado casi intacto en mis cuadernos, en la memoria y sobre todo en el alma misma, por no decir en la vida toda entera, ya que en realidad de ellas vivimos.
Para interesar a mis alumnas y fijar su atención he ideado una metáfora o una figura simbólica en la que voy a encerrar y sintetizar la doctrina, cuyo repaso completo es indispensable hacer a esas niñas que en su mayor parte apenas sabrán el Catecismo que deben enseñar. Le envío pues el croquis adjunto, copiado de mi borrador en el que tengo ya el cuadro general y las 12 clases que constituyen el primer trimestre. He pensado que me conviene hacer a la inversa de la clase de liturgia, es decir comenzar por los ritos para terminar por la parte teológica, que es la más bella y así he invertido la definición, o mejor dicho, he empleado tres definiciones yendo de lo más bajo a lo más alto». (Cfr. Flores del Calvario, IIa, p. 513 – 520; IIb, p. 251 – 253)
Nuestra Madre dice: «Nosotras con la Liturgia estamos preservadas de los errores en la piedad. No hay temor en nuestra piedad: se inspira en la oración oficial de la Santa Iglesia. Todos nuestros actos y nuestros pensamientos tenemos que orientarlos hacia el camino de piedad que nos marca la Santa Iglesia: LA ALABANZA DIVINA». (Clases de Ascética, Tomo I, p. 56)